“Los pies del yeti” (por J.Lorente)

Artículo que se publicará en la Second -The Bodyboard Magazine- de este año.

http://www.secondmag.es/

Curioso modo de ver los pies…


El código de barras que identifica al bodyboarder son los llamados pies del Yeti. Esas extrañas mutaciones que sufren nuestros pies debido al incómodo roce de unas aletas poco adecuadas.

¡Sí amigos, yo también padezco este mal! ¡Los jodidos pies del Yeti! Parece que fue ayer cuando comencé a percibir unos pequeños bultos en mis delicados pies de princesa. El caso es que, no le di demasiada importancia y continué entrando al agua con tanta asiduidad como me era posible. Ya sabéis lo que ocurre cuando la bola de nieve se hace más grande, o cuando lo que era una insignificante gotera en el techo empieza a ceder y comienza a multiplicarse; primero se nos cae el techo encima, y si continuamos en nuestra habitual dejadez, el edificio terminará derrumbándose. Pues bien, mis pies hoy en día parecen las toscas raíces de un árbol milenario. Los bultos en los nudillos han aumentado y contienen líquido dentro. ¡Tengo morcillas de Burgos en lugar de dedos! ¡Tengo la Pizzapie! ¡Los jodidos pies del Yeti!

El otro día me pase por el número 34 de la Calle de la Escolta Real  en Donostia para que el podólogo especialista Iñaki Cid Larrea me pudiese explicar en qué consiste este fenómeno bodyboarder, y me diese una posible solución al problema.  La explicación técnica es sencilla: la falange proximal de los dedos sufre una luxación si las aletas que podemos utilizar presionan más de la cuenta. Al quedar descubierta la parte articular del hueso, éste se hace más grande. Lo que al principio empezó siendo una inflamación, al final se convierte en una exostosis dando a las articulaciones la forma de “juanete”. Si continuamos calzándonos las mismas aletas, la situación se agravará. La solución es todavía más fácil: sólo necesitamos cambiarlas por  unas más adecuadas para nuestros pies. La hinchazón irá remitiendo y su aspecto mejorará simultáneamente. ¡Y acabose el problema! ¡San Sacabó!

 


Si queremos buscarle una solución a este mal menor, podéis ver que es fácil. Pero tampoco es necesario. Es sólo una cuestión estética. Me explico: es posible que si viviera con los pies más feos del mundo a finales del siglo XIX, me pudiesen exhibir en los circos ambulantes junto con los demás freaks (aquellas personas con alguna malformación o anomalía física). Con un poco de suerte hubiese podido coleguear con el mismísimo John Merrick, el hombre elefante, o con alguna mujer barbuda con ganas de chupar pie. Pero resulta que vivimos en la era postmoderna. Nos codeamos con fanáticos del fútbol, adictos a los videojuegos, antiamericanistas obsesivos, amantes de la comida basura o del mejor vino. Vivimos entre individuos  alopécicos, miopes, tartamudos, pelirrojos, gordos y flacos, peludos y barbilampiños, altos y bajos, cojos y mancos. Vivimos rodeados de personas sin visión espacial, superdotados pasados de rosca, adictos al trabajo, personas sin gracia, ni moral, ni sentido de la orientación, entre gente sin cojones pero con los huevos más grandes de toda la oficina por nombrar algún ejemplo al azar. ¿Entonces qué tiene de malo que un ‘corchero’ tenga los pies más o menos feos? ¿Dónde está el problema? Que exista o no un problema dependerá de la importancia que nosotros le demos.

Acuérdate de ese tubazo que te pegaste aquél día. El tubo que tantas veces has reproducido una y otra vez en tu cabeza. El mejor de tu vida. Párate a pensar y recuérdalo una vez más con nitidez. ¿Te sigue preocupando el aspecto de tus pies? ¡Pues eso!

J.L

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